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Crónica de una circoacampada por un norteño abollado.

 Miércoles 7:

Y por fin llego el día!!! Todo estaba preparado, las mochilas hechas, el resto de los norteños en camino, el deposito del coche lleno…

… 3 horas más tarde aparecíamos en Sabiñan, os ahorrare los detalles del viaje aunque el modo en que conseguimos meter todos los trastos en el maletero de un Ibiza daría para mucho. A partir de hoy se nos podrá considerar como maestros del tetris en su versión más realista.

Una sonrisa ilumino nuestras caras cuando tras 30 minutos de lo que yo consideraba una carretera mala, el tiempo se ha encargado de demostrarme que siempre puede haber algo peor, vimos aparecer el cartel del camping, enfilamos la cuesta que dividía el recinto y allí estaban, las personas con las que tantas horas habíamos hablado por fin cobraban forma más allá de los teclados, por fin una voz con la que imaginar las frases, por fin la cara de niño travieso de Pedrote, o la carita de niña buena de Rae tenían una tercera dimensión. Presentaciones varias con muchos besos y muchas risas sirvieron para llenar esos primeros momentos de convivencia.

Es hora de desempaquetar, observar alucinados todo lo que habíamos conseguido llevar hasta allí, y rápidamente a montar la tienda. Los sureños ya la tienen montada así que habrá que hacerlo bien no se rían de nosotros, aunque tardaríamos poco en comprobar que montar una tienda puede ser algo muyyyyyyy divertido.

Bueno, ya tenemos donde dormir, quizás deberíamos comer algo, nah!! Más tarde, fumemos unos canutos o malabareemos un rato. (Esta frase será la tónica de la quedada)

… Finalmente nos rendimos a la evidencia y decidimos que para tener energías es necesario comer, es la hora de hacer la lista de la compra, siempre por consenso, nada por votación, sin saber que comprar, ni cuántos seríamos finalmente. Calatayud queda muy lejos, así que decidimos bajar a Sabiñan, un pueblecito típico, con calles muy estrechas y casas de piedra, donde toda la gente se conoce y nuestra presencia, aun hoy, seguirá siendo la comidilla del lugar. El primer supermercado que encontramos está cerrado, (Esto será una suerte) y el que hay abierto no parece tener de nada, o al menos no en las cantidades en que nosotros nos movemos, 48 litros de kalimotxo y 50 de cerveza parecen una utopía viendo lo que hay en las estanterías de un local tan pequeño. Pero una vez más el destino se alió con nosotros y el dueño del establecimiento resultó ser una persona encantadora, que con una sonrisa en la boca nos iba trayendo del almacén todo lo que le pedíamos, e incluso nos invitó a su propia bodega para que viéramos de donde salía ese vino que nos vendía en garrafas de agua, -."Este vino tiene16 grados" -.repetía una y otra vez orgulloso al tiempo que no paraba de insistirnos en que le pidiéramos lo que fuera, que él nos lo daría. Caballero, muchas gracias por todo, fue la primera persona en ese pueblo que miró más allá de nuestra "extraña" apariencia.

Cargados con comida suficiente para pasar un par de días, la tienda estaba abierta todos los días independientemente de que fuera semana santa, volvimos al camping, donde el número de abollados iba creciendo, los valencianos y su furgoneta, roja que ya habían llegado antes de bajar a comprar, Blanca, Koke y Geno, Splinter, Eukene y Gorka fueron los que completaron el grupo ese día.

Se hizo de noche, y con ello llego el frío, las primeras quejas, los cubatas y, cómo no, nuestro amigo el fuego. Cadenas, bastones, látigos… ardieron por primera vez en el camping de Sabiñan, convirtiendo esa noche en una velada difícil de olvidar.

Finalmente el frío y el cansancio nos vencen y decidimos dormir, la hora daba igual, solo importaba que aquello que surgió como una quedada entre madrileños para un día, se había convertido, tras innumerables modificaciones, discusiones y kilos y kilos de ilusión, en una realidad.


Jueves 8:

Son las 10:30 de la mañana y un timbal comienza a oírse tímidamente entre las tiendas, entre las protestas de los propios abollados, noches alegres…

Un escueto desayuno a base café y alguna magdalena da paso al primero de los talleres, bastón/staff, a cargo de Victor, uno de los valencianos de la furgoneta roja. Quedará demostrado que estar recién despertado no es la mejor situación para aprender ha hacer nada.

De nuevo hay que bajar ha hacer compra y a buscar a Marc, que llega en tren a Calatayud, en realidad hacia bastante que había llegado pero… es complicado organizarse en base a consenso.

Extraño pueblo ese de Calatayud, en los 10 minutos que estuve en él pude tener 3 golpes con el coche, ¿la gente cree que las señales son elementos decorativos?

Una vez todos juntos, además de Marc aparecieron también unos amigos de Victor, cada uno se dedicó a lo que buenamente le dio la gana. Mientras Pedrote nos ofrecía un espectacular concierto de guitarra nosotros malabareábamos, con más o menos suerte, fumábamos algo y nos reíamos de lo que fuera, quizás esto sea una relación de causa y efecto.

Llego la hora de comer, ensalada o revoltijo verde, como se le quiera llamar. El caso es que lo metimos dentro de una nevera, no teníamos ningún otro recipiente de gran tamaño, y allí comimos todos juntos en lo que había sido el descubrimiento del día, la sala de la barbacoa, que nos permitía protegernos del frío y comer sentados en mesas.

La tarde pasó prácticamente del mismo modo que la mañana, malabares, porros y risas, muchas risas, aunque también tuvimos que decir adiós, para algunos no fue más que un hasta luego, a los primeros abollados que partían dirección Ibort, Splinter, Gorka y Eukene se iban, aunque pronto llegarían refuerzos.

Los djembés no pararon de sonar en toda la tarde, pese a que el frío hacía que nuestras manos se enrojecieran e hincharan, nada importaba, solo había que seguir el ritmo, y dejar que las horas fueran pasando, hasta que un nuevo grupo de abollados hizo su aparición ya bien entrada la tarde.

Y así llegó la noche, de nuevo fría, de nuevo ventosa, pero esta vez no nos íbamos a dejar vencer, la noche sería nuestra.

Después de cenar unos bocadillos y beber unos cubatas nuestras ganas de pasarlo bien eran tan grandes que no sentíamos el aire helado que nos acompañaba.

El grupo se dividió en dos, los que no querían pasar frío a base de cubatas, y los que no queríamos pasar frío a base malabares, era la hora de que nuestro amigo el fuego volviera.

Decididos nos dirigimos a las tiendas, y armados con cadenas, palos y látigos decidimos plantarle cara a las frías temperaturas de la zona.

Los djembés empezaron a sonar, pese a que era tarde y la mayoría de la gente del camping estaba durmiendo, pero eso ya no importaba, era la hora de la batalla.

6 personas en un espacio a todas luces reducido creaban figuras en la noche, el color del fuego iluminaba el cielo y los sonidos de los djembés, del viento y del propio fuego competían por imponerse sobre el resto. Si la sensación que se tiene cuando estás malabareando con fuego es difícilmente descriptible, con los ojos cerrados, oyendo como las bolas de fuego pasan a tu lado cortando el aire, realizando movimientos al son de la música… más indescriptible era cuando los 6 estábamos malabareando a la vez, sin poder moverte apenas en el espacio, solo quedaba variar la posición de brazos y piernas para tratar de hacer unas figuras más espectaculares. Abir los ojos en ese momento era mágico, dentro de una gran bola de fuego 6 personas no cejaban en su empeño de dar un espectáculo digno del mejor de los festivales en ausencia de público, siempre se ha dicho que los malabares son algo que se hace para que el resto de la gente lo viera, en ese momento no, en ese momento no malabareábamos ni para nosotros mismos, ya que no éramos capaces de movernos y disfrutar del todo de lo que tantas veces hemos hecho, malabareábamos para… ¿realmente importa? Yo estuve allí y creo que no.

A medida que los malabares se iban apagando íbamos abandonando aquel supuesto escenario, que no era más que la parte de delante de nuestras tiendas, y tomábamos asiento entre el escueto público, 4 personas, para deleitarnos con lo que nuestros compañeros hacían, sin ser conscientes apenas de que hacía 10 segundos nosotros habíamos estado allí.

El relevo lo tomó Alex, que nos deleitó con dragones, esto provocó que su perilla se viera un tanto menguada, pero como él mismo dice, son gajes del oficio, el que juega con fuego…

Y así, tras una escueta demostración de malabares de luz química nos fuimos a la cama, el día había sido largo y aun quedaban muchos.

Viernes 9

Y así amaneció el viernes, un día soleado aunque con ese frío viento que habría de acompañarnos todos los días.

Aburrido de esperar a que alguien más se despertara y queriendo aprovechar las horas de luz que teníamos me afané en la que se había convertido en mi tarea, hacer de despertador. Así djembé en mano, toqué hasta que alguien se animó a salir de la tienda y hacerme compañía.

Comenzó movida la mañana, ya que a nuestros queridísimos vecinos no les había hecho mucha gracia el espectáculo de la noche anterior, ni los chillidos, ni los djembés… en fin, que éramos una plaga de hippies de la que querían librarse, aunque su intento fue en vano, el dueño del camping era una persona dialogante, además se había percatado de que con nosotros iba a ganar mucho dinero, y decidió que una leve reprimenda sería más que suficiente.

Y así llegó el momento de decidir que hacer, si quedarnos en Sabiñan o subir a Ibort, en donde nos esperaba un encuentro de malabaristas. El dilema estaba servido, y pese a que en principio mi idea era la de quedarme en el camping mi curiosidad y mis ganas por ver como sería el funcionamiento del pueblo y del encuentro pudieron conmigo. La curiosidad mató al gato dicen, y en alguna manera creo que así fue.

Así, después de comer unas deliciosas salchichas al vino tinto, o vino tinto a la salchicha que decían algunos, y comprobar que nuestros queridísimos vecinos nos había robado el bote de fairy, comenzamos a desmantelar la que durante dos días había sido nuestra casa.

Son las 8 de la tarde, todo está recogido, pero quizás quede lo más difícil, despedirse de la gente que has conocido y que no sabes cuando volverás a ver. Besos, abrazos, risas y promesas de volver a vernos otra vez en otro lugar, en el que a poder ser haga más calorcito, y al coche, la carretera nos espera de nuevo, aunque eso sí, también hubo tiempo para despedirse de los vecinos con una sonora bazucada, se que nunca nos olvidarán.

Y así, una vez más, con el coche cargado hasta los topes y mucha carretera por delante, nos encaminamos hacia Ibort.

El viaje transcurrió sin incidentes, no hubo controles de carretera, y eso que pasamos por no se ni cuantos cuarteles, campos de entrenamiento, instalaciones militares… Parábamos en casi todas las gasolineras en busca de algo de comer, embutido, huevos… y en un primer momento en busca de pan, hasta que llegamos a la Almunia de Doña gomina, ese pueblo del que todo el mundo ha oído hablar pero nadie sabe ni dónde está, ni cómo es. Pues bien, en este pueblo, en el que al ser viernes santo estaba todo cerrado, conseguimos que nos vendieran una barra de pan de 1 kilo!!! Resulta difícil entender esto si no sabes cuanto pesa una barra de pan normal, pero en la sección de fotos hay una foto de la barra en si.

2 horas más tarde estábamos en Sabiñanigo, era curioso que este pueblo tuviera un nombre parecido al del pueblo de inicio de nuestra marcha, y no teníamos ni idea de cómo se iba a Ibort. ¿Qué se hace en estos casos? Se busca una gasolinera. Nunca he entendido muy bien porque, pero la gente que trabaja en las gasolineras suelen ser generalmente muy amables y lo saben todo. Da igual que les preguntes por donde está Ibort, o por cuanto se tarda en ir en tren desde Bilbao hasta Sri Lanka, ellos lo saben, son una especie de super sabios, que prefieren mantener su identidad en secreto trabajando con un buzo azul y preguntando.- "Normal o super?".- Pero yo ya he descubierto su secreto. Pues bien, este sujeto en particular, además de llenarme el depósito del coche me hizo un plano detallado de cómo llegar hasta Ibort por una ruto y me explicó además otra alternativa por si esa no me gustaba. A cambio me pidió que le explicara como se hacían malabares con 4 gomas de borrar, creo que no eligió al mejor malabarista para ello.

Salimos de Sabiñanigo y nos encaminamos hacia lo desconocido. Una pista de tierra con tantas piedras como agujeros nos recibió al tomar el desvío que el gasolinero tan amablemente nos había indicado. Al cabo de 10 interminables minutos de incesante temblequeo, a las 11 de la noche, en una oscuridad extrema detuve mi coche. La carretera desaparecía para dejar paso a un río. Miles de pensamientos cruzaron mi mente, matar al gasolinera, hacer un puente con piedras, quemar la gasolinera, dar la vuelta y desistir, pero estábamos tan cerca!!! Así, tras apearse los ocupantes del coche, me dispuse a cruzar ese río, con la ayuda de las indicaciones de Inaxio, todo un copiloto. Una vez introducido el coche en el río, literalmente, se volvieron a montar, no era plan de hacerles pasar el río con el frío que hacia, además el pero cacho ya estaba hecho.

Y así, 5 minutos más tarde, llegamos a Ibort. Estaba claro que no nos habíamos confundido de pueblo. Una batucada nos recibió al tiempo que en la iglesia se escuchaba un concierto de música heavy. Un grupo de gente se agolpaba entorno a una hoguera para combatir el intenso frío mientras que en el bar se escuchaba Kortatu y la gente bailaba en manga corta al grito de pacharanes a un euro.

El resto de la noche la pasamos en una habitación que hacía las veces de cocina para toda la concentración, y en donde hacia un calor que se agradecía más que todos lo pacharanes del mundo, jugando a adivinar que personaje nos habían pegado en la frente, junto a algunos de los abollados de los que habíamos tenido que despedirnos en jueves, Eukene, Gorka y Splinter.

Sábado 10

El sol me despertó a las 12 de la mañana. Curiosamente no había sido yo el primero en despertarme como el resto de los días, salí de la tienda y observé lo bien que habíamos montado la tienda la noche anterior, en ausencia de luz y con frío que agarrotaba nuestras manos. Para darle un componente más dramático al momento en sí, Jun tuvo un bajón de tensión y acabo por los suelos.

Era el momento de visitar el lugar que nos acogería los 2 siguientes días, cual turista chino, cámara de fotos en mano.

Ibort es un pueblo curioso, al menos los días que dura la concentración. Pasa de ser un pueblecito en el que viven 20 habitantes escasos a acoger a 200 personas con ganas de pasárselo muy bien sin escatimar con el alcohol, los porros…

Otro hecho que me resulto curioso fue que en los 3 días que estuvimos allí no ví una sola bronca, ni una discusión típica de borrachos, ni una voz más alta que la otra, salvo que fuera para decir un chiste mayor. Esto puede resultar algo lógico si lo entendemos como comunidad, en la que a todas las personas que estábamos allí nos unían las ganas de pasarlo bien, de aprender, de observar, de escuchar, sin molestar a nadie y respetando siempre al resto. Cierto que seguramente ha alguien le pudo molestar la batucada de 22 horas diarias pero nadie dijo nada, simplemente lo solucionó.

También era digno de verse como la gente dejaba sus pertenencias en el suelo, desentendiéndose de ellas, para asistir a talleres o malabarear junto a otras personas, sin miedo a que le robaran, porque 2 metros más adelante del lugar en donde tú habías dejado tus cosas otra persona había dejado las suyas, y así sucesivamente, de modo que en lugar de producirse robos masivos, la gente simplemente cogía solo lo que era suyo. Esto puede parecer algo normal, pero cuántas de las personas que vemos por la calle se hubieran cambiado de acera al ver a una sola de las personas que por decenas se contaban en ese encuentro por miedo a ser atracadas, que equivocados están los que piensan que el aspecto exterior de una persona es lo que define su personalidad.

El día transcurrió tranquilo, cervezas, porros, taller de cariocas por la tarde a cargo de un chico que se explicaba como un libro abierto… al tiempo que a nuestro alrededor la gente iba preparando actuaciones para la gala de la noche. Este fue otro aspecto que me chocó. La gala, el plato fuerte de la concentración como si dijéramos no estaba a cargo de ningún grupo en concreto, ni se había contratado a nadie, era la propia gente que había ido a pasar el fin de semana allí la que actuaría a la noche.

Y así se hizo de noche, dieron las 11 y la gente comenzó a agolparse en la "iglesia", que hacía las veces de escenario, rocódromo, sala de conciertos… por fin alguien usa estos edificios para algo útil.

La gala fue increíble, sería complicado explicar aquí todos los números que se vieron, pero teniendo en cuenta que el presentador hacia malabares con cepillos de dientes… además que podéis ver las fotos y haceros una idea. Mentira puta, no os la podréis hacer pero… se siente!!!

Cuando acabó la gala fue el momento de beber y fumar, no es que hasta ese momento no lo hubiéramos hecho, pero como era sábado por la noche parecía que la costumbre llamaba una vez más a nuestra puerta, incluso en un lugar tan apartado de todo lo que conocemos por convencional como es Ibort.

Domingo 11

Domingo de Pascua, el Aberri Eguna. Creo que he pasado este día en infinidad de sitios, no siempre relacionados con nuestro pueblo, pero este año se lleva la palma.

Mentiría se diría que la magia de Ibort hizo que me olvidara de ello, o que no sintiera una especial morriña y un recuerdo para todos los que no están hoy con nosotros, pero no me desagradó tanto como otras veces.

Además el domingo era el día de las olimpiadas. Es gracioso llamar olimpiadas a algo en lo que participa gente que lleva 3 días bebiendo y fumando sin parar, pero que se le va ha hacer, los malabaristas somos así.

No tome parte en ninguna de las pruebas, no me veía capacitado para ello ya que la mayoría eran de pelotas y mazas, y no es algo que haga demasiado bien, que coño, se me da de pena.

Aunque me quede con ganas de tomar parte en la de lanzamiento de diábolo. Es una prueba curiosa, en la que de nuevo alguien consigue darle uso a una iglesia. Es muy simple, al menos en teoría, hay que meter el diábolo en el campanario de la iglesia, que está a una altura considerable, y con un viento que no ayudaba nada, fue muy divertido, y creo que lo de menos era saber quien ganaba.

Las olimpiadas iban acabando, y con ellas el encuentro, la última prueba era la guerra de mazas. La gente se pone en círculo y mientras hace monerías con 3 mazas trata de que al resto de la gente se le caigan al suelo, todo vale, incluso las patadas en el pecho, de hecho una chica ganó así. Y esto que puede parecer una salvajada, y que podría dar lugar a broncas y enfados, a nadie le gusta que le den una patada en pleno pecho, solo daba lugar a risas, bromas y aplausos.

Se acabó, el encuentro tocaba a su fin, era el momento de "la lanzada". Todos los malabaristas, armados con lo que buenamente podían se dirigieron al centro de la plaza, yo no sabía nada de aquello y no tenía nada para lanzar en ese momento, se colocaron en circulo y lanzaron sus malabares al aire, al más puro estilo de las licenciaturas en las películas americanas. En ese momento en el que todos los malabares están en el aire y toda la gente esta gritando, ese momento que sólo dura una milésima de segundo, es sin duda lo que más me gusto de toda la concentración, se me puso la piel de gallina y una extraña sensación recorrió mi cuerpo de arriba abajo.

Y así llego el momento de recoger, comer deprisa y corriendo y volver a casa, después de haber pasado una Semana Santa que no sabría como definir en una palabra, prueba de ello es que he escrito esta pedazo crónica.

Fin.
(Ya era hora no??)
 

Basajaun

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